Con esa definición, Fausto García abrió una reflexión sobre el futuro del trabajo, el liderazgo y la creatividad: qué capacidades humanas conservarán valor cuando las máquinas puedan hacer casi todo lo demás. Las ideas surgieron durante una masterclass realizada en el marco del encuentro organizado por Cubo Itaú en Parque Empresarial Austral.
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La inteligencia artificial ya puede escribir, responder, traducir, programar y resolver problemas a velocidades imposibles para cualquier ser humano. Pero, frente a ese escenario, el diferencial competitivo empieza a desplazarse hacia otro lugar: la calidad del pensamiento. Esa fue una de las ideas centrales de la masterclass brindada por Fausto García, profesor del IAE Business School y director del centro Emprende IAE, en el marco del encuentro organizado por Cubo Itaú en Parque Empresarial Austral. La actividad formó parte de la primera misión a Argentina de uno de los principales hubs de innovación de América Latina, y reunió a referentes del ámbito emprendedor, corporativo y académico local.
Lejos de presentar una visión puramente técnica sobre la inteligencia artificial, García propuso una reflexión sobre las capacidades humanas que podrían volverse más valiosas justamente en el momento en que las máquinas comienzan a hacer cada vez más tareas cognitivas. En ese contexto, las humanidades recuperan centralidad. “Es la calidad del pensamiento lo que vamos a seguir necesitando, no la velocidad”, sostuvo.
Literatura, arte, filosofía y narrativa aparecieron en su exposición no como disciplinas periféricas, sino como herramientas clave para comprender necesidades reales y producir innovación con sentido. Para García, la tecnología sola no alcanza si no existe una comprensión profunda de las personas y sus necesidades.
Uno de los pasajes más provocadores de la masterclass fue cuando repasó ejemplos de líderes de compañías tecnológicas globales que no provienen de carreras técnicas, sino de humanidades. Mencionó perfiles vinculados a filosofía, literatura y bellas artes para reforzar una idea: las empresas más transformadoras son las que logran leer cambios culturales, entender comportamientos humanos y construir innovaciones con impacto social.
Otro de los ejes de la charla giró alrededor de una distinción que, según García, todavía separa a las personas de las máquinas. La inteligencia artificial puede asistir, sugerir, acelerar procesos y generar respuestas sofisticadas, pero todavía no puede asumir las consecuencias de una decisión. “La inteligencia artificial existe, pero todavía no existe la responsabilidad artificial”, aclaró.
En esa línea, dejó una de las frases más resonantes de la masterclass: “No le deleguen a la IA la crisis de la hoja en blanco”. La referencia no apunta solamente al acto de escribir: la duda, la angustia frente a una decisión difícil, el miedo a equivocarse y la responsabilidad sobre lo creado siguen siendo experiencias esencialmente humanas. Para García, entregar completamente esos procesos a una máquina implica correr el riesgo de perder justamente aquello que constituye el criterio humano.

La innovación, en su mirada, tampoco aparece como un proceso cómodo ni lineal. García sostuvo que el cerebro humano está naturalmente diseñado para evitar incertidumbre, conservar energía y aferrarse a hábitos. “Innovar exige exactamente lo contrario: aceptar la incomodidad, experimentar, equivocarse y adaptarse de manera constante”, afirmó.
Además, “el cambio ya no es opcional”, planteó, al describir un contexto donde las transformaciones tecnológicas ocurren a velocidades vertiginosas y obligan a revisar permanentemente modelos de negocio y estructuras organizacionales.
En esa búsqueda de innovación, el arte ocupó un lugar inesperadamente central dentro de la masterclass. García utilizó fotografías históricas sobre guerras, trabajo infantil y contaminación industrial para mostrar que cada revolución tecnológica tuvo también un costo humano invisible. El arte, explicó, funciona como una memoria crítica de esos procesos: expone el “lado B” del progreso y obliga a preguntarse quién paga las consecuencias de cada transformación.
García sostuvo que esas expresiones artísticas tenían en común el hecho de documentar distintos impactos del espíritu emprendedor, marcado por el propósito y la sensibilidad para desarrollar innovaciones con impacto humano. “Los dolores sociales, culturales y económicos son los que empujan a crear soluciones nuevas. La tecnología, desde esa perspectiva, deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una herramienta para responder a problemas concretos de las personas”, analizó.

Liderazgo en la era de la IA
Otro tema relevante de la masterclass estuvo dedicado al impacto de la inteligencia artificial sobre el trabajo y las organizaciones. García sostuvo que la IA ya dejó de ser una herramienta complementaria para convertirse en una fuerza capaz de rediseñar procesos completos, estructuras organizacionales y formas de tomar decisiones.
En ese contexto, el trabajo repetitivo pierde valor mientras que el juicio humano gana importancia. La automatización reemplaza tareas mecánicas, pero amplifica la necesidad de criterio, interpretación, contexto y liderazgo. “La IA puede producir respuestas; las personas siguen teniendo que decidir qué hacer con ellas”, planteó firmemente.
Ese cambio también transforma la manera de liderar. Según García, las estructuras jerárquicas tradicionales entran en crisis en un contexto donde el cambio es demasiado rápido para que una sola persona tenga todas las respuestas. Frente a eso, el liderazgo adaptativo aparece como la capacidad de construir claridad colectiva, escuchar equipos y generar culturas de cooperación más que modelos rígidos basados en autoridad.
Hacia el final de la masterclass, García desplazó definitivamente la discusión tecnológica hacia una pregunta existencial. “Si el cambio es permanente y la aceleración tecnológica parece irreversible, el problema ya no es cuánto avanzará la inteligencia artificial, sino qué capacidades humanas seguirán teniendo valor cuando las máquinas puedan hacer casi todo lo demás”, le dijo al auditorio.
La respuesta que dejó flotando no tuvo que ver con programar más rápido ni con producir tecnología más poderosa, sino con preservar aquello que todavía nos hace humanos.