Columnas de Opinión

La hora de la complementariedad

La incorporación masiva de la mujer al mundo laboral ha modificado el ámbito del trabajo y se fueron dando los cambios necesarios para poder llegar a plantear no sólo la igualdad entre varón y mujer sino también la complementariedad entre ellos.

Es un hecho que los hombres y las mujeres tienen características positivas propias, se desempeñan, se comunican y resuelven los problemas de manera diferente. Tanto el hombre como la mujer tienen sus puntos distintivos para sumar al trabajo; homologarlos sería hacer un reduccionismo de la naturaleza femenina y masculina. No se presenta esta cuestión como una disputa de quién es más o quién es menos: se trata de dar algunas claves para ayudar a que se complementen con las competencias de unas y de otros. Esto es lo que llevará a un mejor entendimiento entre ellos y a una más profunda comprensión de la distinta forma de ver y de afrontar los desafíos del trabajo.
Esta complementariedad no implica: una negación de uno para afirmar al otro, una lucha de contrarios ni una contienda entre ellos; que vivan en dos mundos distintos, aunque vean el mundo de diferente manera.

La complementariedad significa: que el varón y la mujer conviven y colaboran en la misma realidad; que la plenitud de lo humano no la realiza ni ella ni él por separado sino la unión de ambos configura lo plenamente humano; que lo humano no es ni femenino ni masculino sino que se necesita de la ayuda mutua de los dos.

Las diferencias entre varón y mujer tienen una característica importante: son también complementarias. Así, por ejemplo, lo característico de lo femenino es un mayor dominio del conocimiento experimental sobre el abstracto, y propio de lo masculino es lo contrario. Esto le permite al varón tener mayor capacidad para decidir y dominar las cosas y para manejar ideas abstractas. A la mujer, en cambio, le resulta más fácil el trato con las personas y tiene una visión de lo concreto y de los detalles. Se puede afirmar que los hombres tienden a ser más racionalistas y las mujeres más realistas.

Es precisamente esta complementariedad la que lleva a que juntos, varón y mujer, solidariamente lleguen a las mejores decisiones, porque cada uno saca lo mejor de sí unido al otro. De aquí se deriva una consecuencia: la complementariedad entre ambos es dinámica. Si la racionalidad del varón y la visión realista de la mujer fueran perfectas y completas no necesitaría uno del otro. Sin embargo, es precisamente en esta mutua complementariedad donde uno puede ayudar al otro a ser mejor. Así, por ejemplo, la mujer puede quedar demasiado pegada a los afectos y a sus vivencias, corriendo el riesgo de que su conocimiento experimental la lleve a anclarse demasiado en él.

Será precisamente el varón quien la ayude a dar un paso y decidirse a encaminar esos sentimientos en una decisión razonable. Del mismo modo, puede decirse que un varón, al no estar tan ligado a los detalles, le falta intuición, tiende a centrarse en unos aspectos de la decisión e ignorar otros. El simplificar la realidad lo lleva a razonar más rápidamente y a actuar con decisión. Será, en este caso, la mujer la que lo ayude a evaluar todas las alternativas para que no actúe de manera equivocada por no contemplar toda la realidad.

Ha llegado la hora de la complementariedad y descubrir que es esencial, necesaria y enriquecedora tanto para el varón como para la mujer. Entender este cambio de paradigma con el consiguiente cambio cultural llevará tiempo, pero cuanto antes se comience a transitar por este nuevo camino, más pronto varón y mujer disfrutarán sus logros.​