Columnas de Opinión

Crisis en Europa. Una respuesta desde la ética.

Detrás de la delicada situación del Viejo Continente hay irresponsabilidad pública y privada. ¿Puede un comportamiento distinto salvar a la economía?

A pesar del tiempo que pasó, la crisis europea sigue en todo su esplendor y obliga a los economistas a reconocer que hay factores fuera de su ciencia que inciden fuertemente sobre la economía.
He mencionado por ejemplo cuestiones psicológicas y sociológicas. Recordé también el llamado a la rigurosidad científica de la economía que hizo Joseph Schumpeter con ocasión de la crisis mundial de 1930.
La situación es compleja. Las calificadoras de crédito castigan en este momento a la eurozona y la deuda adquirió tal dimensión que no queda claro si podrá ser pagada.
Detrás de este endeudamiento excesivo hay un exuberante consumo y un defecto en el ahorro.
Estos extremos poco deseables se generan tanto en el sector público como en el privado: a la gente le gusta la fiesta y se acostumbra a ella, mientras que los políticos no quieren perder votos apagando las luces.

Pero gastar más de lo que se tiene nunca ha sido sano. Y dejar una deuda abultada hacia el futuro va en contra de la justicia intergeneracional. Por eso, la crisis actual del Euro es también una crisis política y moral.

Lamentablemente, hace más de un siglo que la economía se divorció del resto de las ciencias humanas y sociales. La fuerza de la crisis nos obliga a buscar una reconciliación urgente. Esta puede ser una oportunidad para advertir que las conductas que condujeron a esta situación son erróneas y finalmente repercuten en las mismas personas que las llevan a cabo.

Los elementos del problema son técnicos, sociológicos, psicológicos e históricos, pero también son éticos. Por eso es que una ética adecuada puede ayudar a mitigar la crisis. Pero, ¿cuál es ese tipo de ética?
La ética utilitarista es la que predomina hoy en día. Hay diversos tipos de utilitarismo, pero la idea central es que el bien de una acción se mide por sus consecuencias benéficas sin importar la moralidad de la acción en sí. Este tipo de ética genera estas crisis.
Otras alternativas tampoco son positivas. Una ética de principios (kantiana) no es capaz de frenar la crisis porque es formal: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Esto nos hace pensar que sólo una ética auténtica, que incluya el ejercicio de virtudes y el cuidado por el otro, puede contrarrestar los comportamientos que están en la raíz de lo que sucede.
Las dos primeras éticas –utilitarista y kantiana– son fundamentalmente individualistas. El individualismo hace olvidar al hombre que es un ser relacional y lo encierra en su mundo. Se dedica a satisfacer ante todo sus propias necesidades y deseos, preocupándose poco de los demás. Detrás de la especulación inmobiliaria, de la toma excesiva de riesgos, de los artilugios contables, de los bonus desmedidos hay un trasfondo individualista.

Hace unos años el filósofo moral Bernard Williams acuñó la terminología de conceptos morales “thick” y “thin”. Los primeros, “densos”, son los más obvios: por ejemplo, nadie duda de que la crueldad y la tortura son malas. Los segundos, “thin”, son más sutiles, pero también son negativos. En el párrafo anterior aparecen varios de ellos: “especulación”, “excesivo”, “artilugio”, “desmedido”. Por
ser más sutiles se deslizan más fácilmente y la persona va cayendo en ellos casi sin darse cuenta.
Por eso, la ética que mitigaría la crisis es una ética elevada y algo sutil, que requiere una gran finura para advertir y evitar lo que está mal. Que no se conforma con evitar el mal sino que siempre busca lo mejor. Es una ética a la que no le basta cumplir con mínimos sino que se esfuerza siempre por hacer lo mejor. Es una ética de virtudes que es perfeccionista.
Históricamente hubo muchos ataques al llamado “perfeccionismo moral”, pero los hechos nos demuestran que es la única eficaz. ¿Estarán los europeos preparados para practicarlo?